miércoles, 22 de mayo de 2019


Mitos sobre los alimentos dietéticos


Introducción
La cultura actual está plagada de oferta de dietas, tratamientos estéticos, drogas para adelgazar, máquinas de ejercicios etc. A su vez, el alimento se impone como un bien más de consumo, manipulado por la industria alimentaria. Lanzan al mercado alimentos novedosos, coloridos, empaquetados, con mayor tiempo de conservación, con propiedades nutricionales específicas. El marketing está dirigido a poblaciones determinadas: niños, adolescentes, adultos, tercera edad, etc.

Un mito es un relato tradicional que evoca una historia imaginaria y que altera las verdaderas cualidades de una persona o de una cosa, dándoles mayor valor del que tienen en realidad. Los mitos forman parte del sistema de creencias de una cultura o de una comunidad, la cual los considera historias auténticas. Muchos de los mitos alimentarios que  las personas consideran verdaderos carecen de fundamento científico.

En la Argentina se ha visto incrementado notablemente el consumo de alimentos dietéticos asociado con la promoción del adelgazamiento (Gioberchio, 2007).Este texto tiene como objetivo reflexionar sobre la información que circula en la media y en el saber popular sobre los alimentos dietéticos. Asimismo, se propone confrontar los mitos con evidencia científica a fin de obtener conclusiones de los beneficios o detrimentos de su consumo.

Desarrollo
Existe el mito que lo dietético no engorda. El Código Alimentario Nacional describe a un producto dietético como aquél al cual se le ha quitado o agregado algún componente, por ejemplo se substrae sodio, se adiciona salvado o gluten. Por otro lado, éstos se confunden con los productos light que son aquellos a los que se ha reducido calorías respecto a su versión original (como mínimo 30%) y por lo tanto, pueden ayudar a llevar una dieta de adelgazamiento. Sin embargo, dichos alimentos igualmente aportan calorías por lo que un abuso de los mismos, también puede producir un aumento de peso. Un trabajo de investigación demostró que más del 80% de las mujeres  encuestadas, no tenían en claro el significado de “Light” y el 86% no sabía la diferencia entre “Light” y “Diet”, en tanto que la mitad de las encuestadas, manifestaron que consumían productos light con la intención de adelgazar (Escudero, 2009).

Los alimentos suelen categorizarse, de forma extremista, en buenos y malos; permitidos y prohibidos, dietéticos y caloríficos. En materia alimentaria, todo lo que se prohíbe se anhela o todo lo que se reprime se desea (Freud, 1900) y cualquier exceso se vivencia como infracción. Para ejemplificar, se eliminan totalmente de la dieta ciertos alimentos, como los dulces, y se desean constantemente durante ese lapso.

Las dietas van generalmente acompañadas por la ingesta de alimentos dietéticos, bajo en calorías, hipograsos, reducidos en azúcar, etc. Estos alimentos juegan una encrucijada psicológica y muchos piensan que se pueden comer libremente. La dieta puede alterar la actitud con la que normalmente una persona se relaciona con la comida. Los dietantes habituales usualmente se relajan cuando se ofrecen productos dietéticos y hasta pueden comer el equivalente o más del mismo producto no dietético. Podría entonces pensarse aceptable la ingesta de un paquete de galletitas de salvado, gratificación que no se lo permitirían con galletitas blancas. Incluso se ha descripto la obsesión por la ingesta de sólo alimentos dietéticos como parte de un trastorno alimentario llamado ortorexia.

Por otro lado, existe evidencia biológica que los alimentos dietéticos no necesariamente ayudan a adelgazar y hasta pueden estimular el apetito. Se destacan las investigaciones realizadas sobre los endulzantes no calóricos como el aspartame y la sacarina. Se ha demostrado que los bebedores de gaseosas dietéticas sufren  los mismos problemas de salud que los que optan por la gaseosas azucaradas, incluyendo un aumento excesivo de peso, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y derrames cerebrales (Fagherazzi, et. al. 2013).

Los endulzantes artificiales no funcionan como lo anuncian porque el cerebro no se deja engañar por el sabor dulce sin la presencia de calorías. Cuando comemos algo dulce se libera dopamina y el centro de recompensas del cerebro se activa. La hormona leptina reguladora del apetito también es liberada, lo que eventualmente informa al cerebro que está "lleno" una vez que se han consumido una cierta cantidad de calorías. Por el contrario, cuando consumimos algo dulce pero no calórico, la vía de placer del cerebro aún está activada por el sabor dulce, pero no hay nada para desactivarlo, ya que su cuerpo todavía está en espera de las calorías (Frank et. Al, 2008).

Cabe destacar que existen límites aceptables para los edulcorantes artificiales discriminados para niños y adultos (FDA). Su  consumo ilimitado muestra efectos nocivos para la salud, que incluyen desde tumores hasta parto prematuro.

Por lo antedicho se sugiere usar los alimentos dietéticos con moderación y bajo indicación dieto-terapéutica para las patologías que sean necesarios, por ejemplo el empleo de alimentos con bajo contenido en azúcares simples en diabetes u obesidad. Se torna especialmente importante observar las pautas de consumo de alimentos dietéticos en dietantes crónicos, en adolescentes y niños. En estas situaciones el abuso de alimentos dietéticos puede ser perjudicial para la salud.

Conclusiones
Se describieron los mitos y usos de los alimentos dietéticos y se cotejaron con la evidencia científica. Se concluye que los alimentos dietéticos deben ser indicados bajo prescripción y supervisión dieto-terapéutica, especialmente en dietantes crónicos, en adolescentes y niños que son las poblaciones de mayor riesgo.

Bibliografía
-Código Alimentario Nacional, Ministerio de Agricultura, Ganadería, Pesca de la Nación.
-Escudero, MB. (2009) “Conocimientos y manejo de alimentos Light en la población femenina de Curuzú, Cuatia, Corrientes, Santo Tomé Corrientes”, Instituto Universitario de Ciencias de la Salud, Fundación Barceló.
-Fagherazzi G., Vilier A., Saes Sartorelli D., Lajous M., Balkau B., Clavel-Chapelon F. (2013) “Consumption of artificially and sugar-sweetened beverages and incident type 2 diabetes in the Etude Epidemiologique aupres des femmes de la Mutuelle Generale de l’Education Nationale-European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition cohort”, Am J Clin Nutr., 97, 3, 517-23.
FDA, Food and Drug Administration, USA, http://www.fda.gov/default.htm, acceso Abril 2015.
-Frank G., Oberndorfer T.A., Simmons A.N., Paulus M.P., Fudge J.L., Yang T.T. & Kaye W.H. (2008) “Sucrose activates human taste pathways differently from artificial sweetener”, NeuroImage, 39, 4, 1559-1569.
-Freud, S. (1900)Obras completas”. Traducción José Luis Etcheverry. Buenos Aires & Madrid: Amorrortu Editores, Volumen IV. La interpretación de los sueños (I).

Autora: Dra. Valeria Matzkin 

viernes, 20 de abril de 2018

El valor de la PALABRA

Las Palabras Violadas

Julio Cortázar

Charla pronunciada en el centro cultural La Villa de Madrid en 1981

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer corno piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas corno monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien
cuales son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros
palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. ¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con
sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por valido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más,
como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. Hoy, en que tanto en España como en muchos países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras
consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso
adelante en la búsqueda de nuestro futuro. Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de vida, del estado, de la sociedad y del individuo basado en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual. Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manejo de servirse de los mismo conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar de su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas altamente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado sus capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se
vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, corno derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo. Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para asentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución Francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de Napoleón Bonaparte y de las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus
métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, si, y es necesario y hermoso que así sea; pero ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira? Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo escuchaba
desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los aliados y de los nazis. Recuerdo, con asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: Aquí Alemania, defensora de la cultura». Si, ustedes me han oído bien, sobre todo ustedes los mas jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de historia. Cada noche la voz repetía la misma frase: .Alemania, defensora de la cultura». La repetía mientras millones de judíos eran exterminados en los campos de concentración, la repetía mientras los teóricos hitleristas proclamaban sus teorías sobre la primacía de los arios puros y su desprecio por todo el resto de la humanidad considerada como inferior. La palabra cultura, que concentra en su infinito contenido la definición más alta del ser humano, era presentada como un valor que el hitlerismo pretendía defender con sus divisiones blindadas,
quemando libros en inmensas piras, condenando las formas más audaces y hermosas del arte moderno, masificando el pensamiento y la sensibilidad de enormes multitudes. Eso sucedía en los años cuarenta, pero la distorsión del lenguaje es todavía peor en nuestros tilas, cuando la sofisticación de los medios de comunicación la vuelve aún más eficaz y peligrosa puesto que ahora ataca los últimos umbrales de la vida individual, y debido a los canales de la televisión o las ondas radiales puede invadir y fascinar a quienes no siempre son capaces de reconocer sus verdaderas intenciones. Mi propio país, la Argentina, proporciona hoy otro ejemplo de esta colonización de la inteligencia por deformación de las palabras. En momentos en que diversas comisiones internacionales investigaban las denuncias sobre los::miles y miles de desaparecidos en el país, y daban a.. conocer informes aplastantes donde todas las formas de violación de derechos humanas aparecían probadas y documentadas; la junta militar organizó una propaganda basada en el siguiente slogan: «Los argentinos somos derechos y humanos». Así, esos dos términos indisolublemente ligados desde la Revolución Francesa y en nuestros días por la Declaración de las Naciones Unidas, fueron insidiosamente separados, y la noción de derecho pasó a tomar un sentido totalmente disociado de su significación ética, jurídica y política para convertirse en el elogio demagógico de una supuesta manera de ser de los argentinos. Véase como el mecanismo de ese sofisma se vales de las mismas palabras: como somos derechos y humanos, nadie puede pretender que hemos violado los derechos humanos. Y todo el mundo puede irse a la cama en paz. Pero acaso no haya en estos momentos una utilización mas insidiosa del habla que la utilizada por el imperialismo norteamericano para convencer a su propio pueblo y a los de sus aliados europeos de que es necesario sofocar de cualquier manera la lucha revolucionaria en El Salvador. Para
empezar se escamotea el termino «revolución«, a fin de negar el sentido esencial de la larga y dura lucha del pueblo salvadoreño por su libertad -otro término que es cuidadosamente eliminado-; todo se reduce así a lo que se califica de enfrentamientos entre grupos de ultraderecha y de ultraizquierda (estos últimos denominados siempre como «marxistas«), en medio de los cuales la junta de gobierno aparece como agente de moderación y de estabilidad que es necesario proteger a toda costa. La consecuencia de este enfoque verbal totalmente falseado tiene por objeto convencer a la población norteamericana de que frente a toda situación política inesperada como inestable en los países vecinos, el deber de los Estados Unidos es defender la democracia dentro y fuera de sus fronteras, con lo cual ya tenemos bien instalada la palabra «democracia en un contexto con el que naturalmente no tiene nada que ver. Y así podíamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y de
tergiversaciones verbales que como se puede comprobar cien veces, golpea a las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una fatiga contra la que no siempre luchamos como deberíamos hacerlo. ¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está presente el hombre como historia y como conciencia, y es en la naturaleza del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer y de defender nuestra concepción de la democracia y de la justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin la menor restricción de tipo étnico, religioso o idiomático? Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada, en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la
maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos, sin autoridad despótica, sin machismo y sin feminismo entendidos como recíproca sumisión de los sexos? Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos no benefician cómodamente de una cierta situación social o económica frente a otros hombres que carecen de los medios o la educación necesarios para tener conciencia de ellos y hacerlos valer? Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una
de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.
La curiosa historia de las palabras

domingo, 1 de abril de 2018

Meditaciones sobre el gusto


BRUNEL DE NEUVILLE, Alfred A.   'NATURALEZA MUERTA'

Apuntes sobre el libro de Matias Bruera

BRUNEL DE NEUVILLE, Alfred A. 
Escuela Francesa 
1852-1941
"NATURALEZA MUERTA"
  • La frugalidad solo es posible para quien no tiene apetito, el lujo es incomprensible sin el hombre.
  • A través de la gastronomía, en tanto régimen, puede pensarse la conducta humana. Así como se legislan los vientres se ordenan las vidas de los hombres. La gastronomía se enraíza en el artificio. 
  • El gusto nace en la instauración de una falta. El hambre no puede participar de el ritual de búsqueda ante la falta como una constante, todo resulta exquisito y nada puede ser apreciado. 
  • ...Podemos inferir que la memoria, respecto del alma, es como el estomago respecto del cuerpo y que la alegría y la tristeza son dos manjares, uno dulce y otro amargo y así cuando aquellos se encomiendan a la memoria , es como cuando los manjares pasan al estomago, que allí se pueden guardar pero no comunicar su sabor. San Agustín, Confesiones, Madrid, Sarpe, 1985, pp. 257 a 8.
  • Todo exceso nos habla comúnmente de medidas, reglas o limites, aunque también de proporciones. Los excesos de la lengua son proporcionales a los excesos alimentarios y etílicos. La lengua se suelta animada por la comida y el vino. Los hombres han inventado siempre de regular sus vidas mediante leyes y costumbres, han buscado contener sus abusos lingüísticos y golosos, han procurado mixtificar la bebida y el habla, así como lo filosófico y lo patológico a través de la ese umbral que es la boca en donde se cruzan bebida, comida, palabra y amor.
  • Así como la mesa reúne, el gusto divide. Cada vida es tan individual como lo que el gusto posee de particular. Sino como explicar lo que la historia calla, pues sabemos que se basa en hechos, papeles, discursos pero no en las paladar ni en el contenido etílico de sus participantes.
  • "La muerte es algo terrible, cuya idea me asalta sobre todo después de haber comido" (Schwob, M. 1981 Las estiges del corazón doble, Barcelona, Montesinos)
  • Las analogías entre el alimento del cuerpo y el de la mente son múltiples y variadas. Así por ejemplo encontramos la ingestión, digestión o consumo de toda masa critica; "la sed de saber" o "el hambre de información", "devorar un libro" o "estar indigestados de datos". Las palabras son el alimento de la mente, la memoria y la imaginación nuestro apetito. 

domingo, 28 de enero de 2018

El exceso que esta de mas


Como hacer en nuestra cultura actual, que promueve el exceso de alimentos, para no caer en el abuso y el descontrol?

Vivimos en una sociedad consumista, movida por al cultura de la exageración y la gratificación inmediata. Cosa veo... cosa quiero... y la quiero ya!

Actualmente se promueve el individualismo y la consigna es "amarse a si mismo", la búsqueda de la autocomplaciencia, festejar, divertirse, celebrar, obtener el mayor placer posible. Así vale la pena vivir, o mejor decir nos sentimos vivos, le damos un sentido a nuestras vidas.

No es cuestión de postergar la satisfacción.  Seguir los mandatos de los medios de comunicación que nos dicen: Compren! Consuman! y Pidan mas! Es la apología al exceso; nuestro peligro ya no radica en la escasez o en el pasar hambre sino en la abundancia. Estamos siempre tentados a los abusos y el insistente dilema supone el buscar la fina brecha que impone el limite al exceso.

Imagen relacionada 

Valeria Matzkin

domingo, 14 de enero de 2018

La crónica del diario La Nación
Ciclo de Encuentros y Reflexión Intramed



La alimentación ante el retroceso de la mesa social y el avance del picoteo individual.

Una nutricionista, una antropóloga, un sociólogo y una cheff debatieron sobre cómo lograr y mantener un peso saludable.

Cuando hablamos de comer, ¿todos entendemos lo mismo? ¿Por qué tenemos hambre y nos gusta lo que más engorda? ¿Cómo elegimos los alimentos? Estas fueron algunas de las preguntas que abordaron la nutricionista Mónica Katz, la antropóloga Patricia Aguirre, el sociólogo Matías Bruera y la cheff Narda Lepes durante un encuentro organizado por Intramed y La Nacion online el 4 de octubre.
"Comemos para nutrirnos, pero también para bajar el estrés, obtener placer y socializar con otros", señaló Mónica Katz, coordinadora del posgrado de Trastornos alimentarios de la Universidad Favaloro. Nuestro organismo está preparado para estresarnos frente a la falta de alimento. Este mecanismo de supervivencia nos salvó de morir de hambre en el pasado, y hoy se nos vuelve en contra.
"Al comer, transformamos la energía química de los alimentos en energía mecánica para movernos, eléctrica para pensar o enamorarnos y térmica para conservar la temperatura en 37 grados por más que afuera haya 2 o 40", explicó la nutricionista. Pero hay otras funciones del comer que van más allá de lo biológico y tienen que ver con los sistemas de recompensa en nuestro cerebro.
Comemos porque nos gusta y para calmar la ansiedad. El problema es que estamos en un mundo estresante, y con mucha comida a nuestro alcance. En el hipotálamo del cerebro tenemos todos los radares: estrés, aburrimiento, señales del medio que no reconocemos y nos hacen comer, y factores biológicos: los neuroquímicos como la leptina, la dopamina y otras sustancias.
Hoy se sabe por ejemplo, que los dulces y las grasas aumentan la dopamina en el núcleo accumbens del cerebro, por eso los hidratos de carbono son adictivos.
Por su parte, la antropóloga Patricia Aguirre alertó sobre "el peligro de la "gastroanomia": al revés de lo que pasó durante toda la historia de la humanidad, hoy no hay problema de disponibilidad de alimentos, sino de acceso. "Cada vez hay más alimentos industrializados y "creados para su difusión planetaria", por lo que terminamos comiendo Ocnis (objetos comestibles no identificados)", advirtió Aguirre.
"Son alimentos sin historia, y se redujo su diversidad: de las 400 variedades de papa, hoy sólo se cultivan cinco. La investigadora y autora del libro Ricos Flacos y Gordos Pobres, también alertó sobre "el retroceso de la mesa (familiar y comunitaria) y el avance del picoteo individual. Hace sólo 40 años, el patrón alimentario era bastante homogéneo en el país. Pero hoy está segmentado por el nivel de ingresos: ricos y pobres comen y tienen gustos diferentes: las familias de los estratos más bajos eligen alimentos "rendidores", mientras que los sectores de mayores ingresos prefieren alimentos light.
Señales contradictorias
El sociólogo Matías Bruera puntualizó sobre la construcción social que implica el comer. "El hombre se hizo humano cuando pasó de lo crudo (natural) a lo cocido (cultural), y con los utensilios logró enmascarar un acto puramente instintivo".
Por su parte, Narda Lepes aportó no sólo consejos, sino su experiencia como viajera e investigadora de las gastronomías del mundo: "Deberíamos imitar a los japoneses de la isla de Okinawa: sólo comen frutos de estación y lo hacen siempre en comunidad compartiendo las variedades de sus platos", dijo.
"Nosotros cada vez más solos, frente a la televisión y siempre lo mismo –agregó–. Nos quejamos del precio del tomate y no sabemos su estacionalidad. No deberíamos comprarlo en invierno."
En tanto, la nutricionista Mónica Katz señaló que hoy se están investigando cuáles son las señales ocultas del medio ambiente que nos incitan a comer: el grupo de amigos, la publicidad y los medios con sus mensajes contradictorios: por un lado muestran comidas y por el otro, estereotipos de belleza inalcanzables para la mayoría.
Estudios científicos muestran que se necesitan 19 alimentos diferentes por semana para no tener carencias de nutrientes. Además, toda dieta debe tener 50% de hidratos de carbono (legumbres, cereales, frutas, verduras). Porque si el cerebro no recibe lípidos y glucosa, dispara la sensación de hambre.
"El hipotálamo no sabe de dietas, si le faltan hidratos pone al organismo en sistema ahorro, para que consuma menos. Por eso las dietas hipocalóricas no sirven. Porque provocan hambre, y cuanto más rápidas son, más hacen perder músculo en lugar de grasa. Los nutricionistas deberíamos hacer un mea culpa porque hemos hambreado a mucha gente", concluyó la especialista.
María Naranjo
¿En qué gastamos la energía? 
60% gasto metabólico (para el funcionamiento de los órganos, sin movernos) 
10% termogénesis (para mantener la temperatura corporal) 
20% actividad física (caminar) y actividades físicas programada. 
10% NEAT (del inglés Non Exercice Activity Thermogenesis) son todos los movimientos que hago durante el día desde levantarse a cambiar el canal del televisor hasta moverse en la silla.

Lo que aconsejan los especialistas
Comer frutas y verduras de estación. Son más baratas y más frescas. 
Servirse porciones. No comprar un paquete grande de galletitas porque no pararemos hasta terminarlo. Los seres humanos somos completadores.
Comer en la mesa, y si es posible con familia o amigos. La alimentación es un acto social además de fisiológico.
 Recompensarse diariamente con algún alimento rico. Las prohibiciones sólo sirven para aumentar el deseo y ser incumplidas. La comida es la elección más importante y que más veces hacemos por día. Deberíamos prestarle mayor atención.


http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=50359

jueves, 10 de agosto de 2017

Frases celebres

"Si abandono el pan, abandono la vida" Walt Whitman

"Cortar un pan es como abrir los ojos" Emily Dickinson

 "No hablemos de vida mietras neguemos el pan" Thomas Merton

"Y muchas veces vacias la copa en tu afan de llenarla" Friedrich Nietzsche

"Me indigesta mas una mentira que un pepino" Domingo Faustino Sarmiento


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Caravaggio Bacchus

lunes, 6 de marzo de 2017

Te comería a besos


¿Por qué nos queremos "comer" a nuestros hijos?


Mi suegra siempre dice una frase muy conocida y graciosa con respecto a los hijos: "Cuando son chiquitos, son divinos, ¡te los querés comer! Pero después crecen y de grandes, te preguntás: ¡¿por qué no me los habré comido?!".
La verdad es que muchos bebés y niños pequeños entran para mí en la categoría de "morfables". El mío particularmente tiene unos cachetes desproporcionadamente grandes y suavecitos que son una tentación para cualquiera. Si bien está claro que lo hacemos con cariño, son muchas las veces que nos arrebatan las ganas de morder, pellizcar o apretujar a un bebé. Y me quedo tranquila de que no soy la única a la que le pasa: hace unos años salió un estudio de la Universidad de Yale que explica que al parecer, es una respuesta común que se genera en nuestro cerebro frente a un estímulo que nos inspira mucha ternura. Sí, respondemos a la ternura con una especie de agresión controlada.
De hecho, muchas veces reaccionamos de maneras contradictorias frente a emociones fuertes, como cuando lloramos de alegría o nos reímos en momentos de tensión. Y según palabras de la investigadora de Yale, Oriana Aragón, a la revista Psychological Science, esto sucede para ayudar a mantener un equilibrio emocional: "La gente se expresa de maneras contrarias a lo que sienten para intentar recuperar un equilibrio en sus emociones. Suelen producirse estas reacciones ante situaciones que nos sobrepasan de manera positiva, y actuar así nos ayuda a volver a la normalidad emocional de manera más rápida". O sea que si no controláramos así nuestras emociones, ¿qué pasaría? ... Iríamos por la vida ¿descontroladamente felices?

Otra opinión acerca del tema me la dio la psicóloga infantil y orientadora de padres Maritchu Seitún, que destacó que una de las formas de conexión más primitivas que tenemos con el mundo es la boca y explicó: "Los bebés se llevan todo a la boca, por lo que es esperable que ante el tierno amor que despierta un bebé, y ante esa sensación de indefensión y necesidad de cuidados que nos despierta, no me sorprende que se despierte también en nosotros esa forma tan antigua de conectarse y conocer a ese bebé... a través de la boca".
Además, otra justificación para esta conducta nuestra tan extraña de morder a los bebés que encontró Maritchu, es "la tarea adulta de preparar a los bebés para tolerar y procesar estímulos cada vez más intensos y fuertes: morder a un bebé o hacerle cosquillas o tirarlo al aire son ejercitaciones de este tipo. Lo provocan para que vaya perdiendo el miedo, para que vaya tolerando esos estímulos. Es decir que son también ejercicios que tienen un sentido para el fortalecimiento y el desarrollo de la capacidad de regulación del bebé".
¿Quién hubiera dicho? Evidentemente frases tan típicas como "¡Me lo morfo!", "Ese bebé es comestible" o hasta "¡Qué delicia ese gordo!" tienen su basamento científico y psicológico y son expresiones lógicas que equilibran nuestro cerebro. ¡Menos mal! Puedo seguir pellizcando y mordisqueando tranquila los cachetes de mi niño.


Lunes 04 de abril de 2016