Por Valeria Matzkin
La huelo…La como…La oigo…La toco…
El aroma anuncia, anticipa, embriaga. Es magia invisible que se impregna en la piel, un deseo que atraviesa tejidos antes de llegar a la boca. La nariz toma el mando, el olfato sustituye al gusto, y el viaje se redirige hacia memorias profundas. ¿Cuántas veces olemos un alimento antes de probarlo? El olfato nos conecta con un pasado, evocando lo que alguna vez fue hogar, infancia, amor.
Tocar el alimento es hacerlo familiar. Un niño descubre la comida con las manos: textura, forma, rigidez, jugosidad. Manipular tranquiliza, acerca. ¿Será por eso que el "fast food" resulta tan universal? Se come con las manos, sin barreras. Cocinar es otro acto de encuentro. Paradójicamente, la persona anoréxica, que rechaza comer, amasa, prepara, crea. A través de la cocina, transforma su ausencia en presencia, acercándose a lo que niega, para que otros lo disfruten.
El espectáculo del hambre
En la sociedad del consumo, todo se vende: un cuerpo delgado, un gimnasio, una dieta, incluso la restricción. Perfumes que huelen a chocolate, espumas con aroma a fresas, jabones que prometen vino. Comer no basta; se necesita algo más, un aditivo, un gadget que intensifique el goce.
Mientras tanto, el sufrimiento alimentario se vuelve entretenimiento. Sitios web "pro-ana" celebran el autocontrol extremo, mientras programas de televisión exhiben la lucha contra la obesidad con altos índices de audiencia. El dolor ajeno sacia: "¿Cuánto bajaste?", "¿Dormiste sin cenar?". Comer o no comer se convierte en espectáculo, en un espejo de las obsesiones colectivas.
Más allá del alimento
Óscar Zack describe este tiempo como un período de cinismo. Si antes nos agrupábamos por ideales, hoy lo hacemos por formas de goce. En los trastornos alimentarios, el cuerpo se convierte en una metáfora de desnutrición emocional. Un aislamiento autoimpuesto en el que se es amo y esclavo, verdugo y víctima.
El hambre no es solo física. Es una lucha constante entre un deseo insaciable y un juez interno que lo censura. Comer con los sentidos, o evitar comer, se transforma en una guerra consigo mismo en una sociedad que mercantiliza hasta el vacío. Comer no es solo alimentarse; es el escenario donde chocan emociones, memorias y una búsqueda interminable de satisfacción.