martes, 3 de diciembre de 2024

Comer con los sentidos

Por Valeria Matzkin 

La huelo…La como…La oigo…La toco…

El aroma anuncia, anticipa, embriaga. Es magia invisible que se impregna en la piel, un deseo que atraviesa tejidos antes de llegar a la boca. La nariz toma el mando, el olfato sustituye al gusto, y el viaje se redirige hacia memorias profundas. ¿Cuántas veces olemos un alimento antes de probarlo? El olfato nos conecta con un pasado, evocando lo que alguna vez fue hogar, infancia, amor.

Tocar el alimento es hacerlo familiar. Un niño descubre la comida con las manos: textura, forma, rigidez, jugosidad. Manipular tranquiliza, acerca. ¿Será por eso que el "fast food" resulta tan universal? Se come con las manos, sin barreras. Cocinar es otro acto de encuentro. Paradójicamente, la persona anoréxica, que rechaza comer, amasa, prepara, crea. A través de la cocina, transforma su ausencia en presencia, acercándose a lo que niega, para que otros lo disfruten.

El espectáculo del hambre
En la sociedad del consumo, todo se vende: un cuerpo delgado, un gimnasio, una dieta, incluso la restricción. Perfumes que huelen a chocolate, espumas con aroma a fresas, jabones que prometen vino. Comer no basta; se necesita algo más, un aditivo, un gadget que intensifique el goce.

Mientras tanto, el sufrimiento alimentario se vuelve entretenimiento. Sitios web "pro-ana" celebran el autocontrol extremo, mientras programas de televisión exhiben la lucha contra la obesidad con altos índices de audiencia. El dolor ajeno sacia: "¿Cuánto bajaste?", "¿Dormiste sin cenar?". Comer o no comer se convierte en espectáculo, en un espejo de las obsesiones colectivas.

Más allá del alimento
Óscar Zack describe este tiempo como un período de cinismo. Si antes nos agrupábamos por ideales, hoy lo hacemos por formas de goce. En los trastornos alimentarios, el cuerpo se convierte en una metáfora de desnutrición emocional. Un aislamiento autoimpuesto en el que se es amo y esclavo, verdugo y víctima.

El hambre no es solo física. Es una lucha constante entre un deseo insaciable y un juez interno que lo censura. Comer con los sentidos, o evitar comer, se transforma en una guerra consigo mismo en una sociedad que mercantiliza hasta el vacío. Comer no es solo alimentarse; es el escenario donde chocan emociones, memorias y una búsqueda interminable de satisfacción.









Deuda de hambre

Por Valeria Matzkin

La sociedad capitalista, centrada en el consumo, convierte todo en mercancía: el cuerpo, los alimentos, los medicamentos para adelgazar, los gimnasios, los productos dietéticos, las recetas, los tratamientos estéticos. Todo se compra y se vende, ya sea al contado o en cuotas, perpetuando un ciclo de deuda. En este modelo, el cuerpo se mercantiliza y se transforma en un objeto económico: un cuerpo delgado se vende como símbolo de éxito.

La lógica productiva impregna incluso la relación con el propio cuerpo. El sujeto asume la labor de moldearlo en un tiempo breve, maximizando la utilidad de ese esfuerzo, como si de una jornada laboral se tratara. En este marco, el ayuno emerge como una solución inmediata y efectiva: reduce el tiempo de "trabajo" para alcanzar el objetivo de un cuerpo ideal. El cuerpo se convierte en un modelo económico y productivo donde quien más produce, más gana. Pero ¿qué se produce? Se produce rendimiento, éxito, optimización, todo bajo la promesa de libertad que nunca se alcanza.

El aislamiento es el escenario perfecto para este sistema: para restringir, ayunar o evitar el comer, el sujeto debe alejarse de lo social. Un juez interno, implacable, lo vigila, lo amenaza y lo somete. Este poder, disfrazado de libertad, está profundamente incrustado en su ser, generando un ciclo de obediencia sin límites ni barreras.

En la sociedad del rendimiento, desaparece la lucha de clases; el sujeto es a la vez amo y esclavo de sí mismo, explotándose voluntariamente en una búsqueda incesante de perfección. Sin cuestionar esta lógica, las personas internalizan la norma de la autoexigencia, donde el esfuerzo personal es la medida de todas las cosas. Sin embargo, esta autoexplotación conduce inevitablemente al agotamiento. La depresión aparece como el síntoma de un sistema que exige siempre más.

La depresión simboliza el choque entre las oportunidades infinitas que promete la sociedad del rendimiento y la incapacidad del sujeto para sostenerlas. El individuo, hastiado de sí mismo, se siente incapaz de continuar peleando con su propio cuerpo. Al final, la guerra no es con el mundo, sino consigo mismo: rendir más, restringir más, evitar más. Paradójicamente, el camino hacia la supuesta libertad lo conduce a un encierro cada vez más profundo.



Bibliografia:
Han, B. C. (2023). La sociedad del cansancio. Herder.